Código del oeste
Código del oeste —Noto que estás perdiendo tu antigua perspicacia. Si nos quedamos a pasar la noche, madre nos dará un cuarto… para los dos. Lo cual es harto natural, puesto que se nos supone marido y mujer. Y no podemos quedarnos. Eso es todo.
—No se me habÃa ocurrido —admitió Georgiana con apresuramiento, sonrojándose vivamente—. Desde luego… tenemos que volver acá cuanto antes.
—Eso quiere decir que tendrás que ponerte el traje de montar —continuó él—. Va a hacer frÃo por el camino, pero abrigándote bien, y con las botas, me parece que la temperatura no te afectará gran cosa.
—Pero, Cal, no puedo asistir al casamiento de mi hermana con traje de montar… SerÃa el colmo del ridÃculo —protestó Georgiana.
—¿Qué vas a ponerte, entonces?, —quiso saber él.
Tras un momento de reflexión vino la respuesta, dada en tono vacilante:
—Mi vestido blanco…, ése que tanto le desagrada… Pero lo he alargado bastante.
—¡Ajú! Ya no me interesa cómo te vistas; pero si llevas la ropa discretamente larga, será una satisfacción para mi familia.