Código del oeste
Código del oeste La muchacha guardó silencio, consciente de que se le aceleraba el pulso y sintiéndose picada. ¿Conque ésas teníamos? ¿Ya no le interesaba su aspecto personal? Pensó que era una manifestación peligrosa, dirigida a una mujer. ¡Era obvio que su amor, privado de incentivos, había muerto! ¡Vaya con la constancia de los hombres! Por un instante, resurgió la antigua Georgiana, ávida de conquistas. Ella podía hacer que la amara tan ardientemente como antes… y aún más… si se lo propusiera, pues le sobraban recursos y malicia. Mas el rostro de Cal, fatigado y triste, sus atribulados ojos, proclamando que trataba de olvidarse de sí mismo en beneficio de los demás, desarmaron el irreflexivo impulso de la arriscada chica. Sin embargo, un poco de amargura le enconó el corazón. Ella no había hecho nada para provocar el desprecio de él.
—Yo llevaré tu maleta sobre la silla de mi caballo —añadió Cal—. Ahora, ¿quieres que te dé un consejo para tu propio bien?
Ella le miró dubitativa. Él parecía hablar muy en serio, aunque sin deseo de molestar. Aquel suceso —el matrimonio de Mary— traía a colación un asunto acerca del cual tanto Cal como Georgiana eludían cuidadosamente la menor referencia. La sinceridad del muchacho era evidente. Acaso tuviera en el pensamiento algo que contribuyera a hacer menos penoso el trance que se avecinaba.