Código del oeste

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La temperatura era extraordinariamente suave para aquella época del invierno; el aire, más bien que frío, sutil y estimulador, hacía muy agradable el ejercicio ecuestre; el suelo estaba seco; por la vasta bóveda celeste, intensamente azul, flotaba alguna que otra blanca nube, y el sol emitía un calor que, aunque escaso, confortaba.

Georgiana comenzaba muy favorablemente aquel día, durante el cual se proponía mostrarse tan dichosa como exigían las circunstancias. La señora Gard Thurman, matrona entrada ya en años, en cuya cara eran bien visibles las huellas dejadas por la dura vida de pionera, pero, no obstante, de temperamento dulce y maternal, dio la nota justa en su saludo a la joven.

—Bueno, pequeña —le dijo en tono bondadoso— me alegro infinito de ver que te estás reponiendo rápidamente. Tienes un aspecto espléndido. Da gloria mirar las rosas que brillan hoy en tus mejillas.






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