Código del oeste

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Georgiana no fue insensible al elogio, que le causó cálido placer. Muchas semanas hacía que ni siquiera pensaba en su salud. ¿Sería cierto que había mejorado tanto? Una oleada de satisfacción le inundó el pecho. La vida era hermosa, a pesar de todo. ¿Podría ser posible que de la derrota y de la fatiga del cotidiano laborar surgieran el triunfo y la paz? Esto se le ofrecía como una idea nueva. Hasta este instante, sólo se había preocupado de su tremenda vanidad, de su indomable orgullo. Indudablemente, por vanidad, por orgullo, se había aferrado tenazmente al desempeño de bastas y enfadosas ocupaciones, las cuales, sin embargo, consideradas ahora desde otro punto de vista, venían a traducirse en una espléndida recompensa. Por el momento, dio de lado a esas cavilaciones, proponiéndose volver a ellas más adelante.

Los hombres cabalgaban juntos, al frente, charlando y fumando, volviéndose a medias sobre la silla, de cuando en cuando, según la graciosa costumbre de aquellos hábiles jinetes. Georgiana iba detrás, con las mujeres.





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