Código del oeste

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—Descansa y refréscate, porque la caminata es larga y tendremos que irnos pronto.

Georgiana dejó la festiva compañía y se acogió al cuarto de Mary para cambiar de ropa. Iba contenta… ¡pero por una razón bien rara! Las palabras de Cal habían roto su hechizo. Durante la fiesta se había olvidado de él, de sí misma y de la odiosa realidad. La perturbaba el súbito descubrimiento de que la abrupta indicación de que tenía que alejarse de aquel feliz círculo le causaba molestia. Ahora, la extraordinaria muchacha se daba cuenta de que, en cierto modo, le dolía partir porque estaba pasando un rato delicioso. El hecho, en apariencia inexplicable, merecía ser estudiado con detenimiento.

Ella y Cal se escurrieron a hurtadillas, por la parte de atrás de la casa, ni más ni menos que si fueran ellos los novios. La luna llena brillaba en todo su esplendor en el pálido cielo. Las colinas se erguían negras y solitarias. El viento, helado y cortante, soplaba con fuerza desde las alturas.

Georgiana estaba tan envuelta, que con el aditamento de las botas, los zahones, la zamarra, la bufanda, la capucha y los guantes no podía montar sin auxilio ajeno, y tuvo que ser levantada en vilo. Una vez en la silla, se halló a sus anchas y no pudo reprimir un suspiro de satisfacción.


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