Código del oeste
Código del oeste La gran sala de la casa quedó libre de los muebles, principales, y el viejo Henry empuñó el violín.
Poco después cantaba, acompañado por su propia música:
Este viejo violinista,
que aún conserva buena vista.
No se cansa de tocar.
Rasca y rasca, toca y toca,
y la gente baila, loca,
sin poderlo remediar.
La danza era de las que permitían el constante cambio de pareja, y participaban en ella todos los jóvenes, así como muchos que ya habían dejado de serlo. A Georgiana le pareció que cuantos viejos y muchachos andaban por el local, tenían empeño en bailar con ella y con Mary. ¡Santo Dios! ¡Cómo la sacudieron y ajetrearon e hicieron saltar! El vetusto edificio temblaba hasta sus cimientos. Jamás en su vida giró ella tanto, ni se zarandeó tanto, ni fue tan solicitada y disputada. Había comenzado fresca, incitada por el ambiente de regocijo y diversión. Terminó rendida, aunque contagiada de la intensidad vital de aquellos seres tan primitivos y tan varonilmente ingenuos.
Dio la casualidad de que Cal no se tropezara con ella hasta concluida aquella tanda de baile. Entonces él la previno: