Código del oeste
Código del oeste Después de comer, vino el contacto personal con cada uno de los asistentes a la fiesta…, la prueba tan temida por Georgiana. Mas ¡qué equivocada había estado! ¿Sería que la única causa de temor real existía sólo en su imaginación? Porque el caso fue que únicamente Mary recibió mayores demostraciones de aprecio y simpatía, de parte de parientes y amigos. En forma bastante extraña, Georgiana recordó la educación recibida en sus primeros años. El ultramodernismo no tenía nada que hacer aquí. Todo era sencillo, natural, espontáneo, sincero. Predominaba la más franca llaneza. No era aquello una reunión social, con sus convencionalismos y formalidades. Era, lisa y simplemente, el casamiento del jefe del clan. Y Georgiana pudo convencerse de algo en que ni siquiera había soñado: que la tomaban en cuenta (y mucho) como a uno de los Thurman. Todos ellos procedían de Texas, gente ruda, pero noble y leal, a despecho de su propensión a la lucha y su amor por las contiendas de todo género. Si ella había sido caprichosa, testaruda, necia, frívola, y hasta depravada, todo quedaba olvidado, como si nunca hubiera existido. Le había concedido su mano a un Thurman —al benjamín de la tribu—, y eso era suficiente. La vida era una cosa fuerte, hermosa, espléndida, entre aquellos sanos y robustos campesinos. La juventud era la preparación. El matrimonio, el comienzo de la brega por el bienestar y la felicidad. Antes de haber pasado una hora, Georgiana estaba extrañamente pensativa, y el arrepentimiento comenzaba a brotar en su corazón.