Código del oeste
Código del oeste Cal no perdía el tiempo en los trechos de camino bueno. Pronto estuvieron en los pinares, y la luz quedó casi apagada. El soplo del viento norteño mugía sobre la fronda igual que la corriente de un río impetuoso. Georgiana tuvo que cabalgar lo mejor que sabía, pues los caballos estaban tan impacientes como su dueño por llegar a casa. En cuanto a ella, hubiera preferido gustosa que durase lo más posible aquella magnífica expedición nocturna que la llenaba de placer.
¡Adelante, adelante…! En breve marchaban por el mejor trozo de la ruta, donde el terreno estaba despejado de piedras. El caballo de Cal apretó el paso y Georgiana no quiso quedar rezagada. Oscilantes ramas, cargadas de pinocha, les salían al encuentro desde la sombra. Georgiana recibió de una de ellas tan fuerte latigazo, que no le quedaron ganas de aguardar por otro. Aguzó la vista y extremó el cuidado en eludir los choques. El rítmico golpear de los cascos resonaban a través de la selva. Negros macizos de pinos, calvijares bañados por la luz de la luna, amplias curvas del blanquecino camino, cruzadas por listas de sombras, fueron siendo dejados atrás, hasta que al fin puso Cal su caballo al paso, al comienzo de la senda que trepaba cuesta arriba por las altas lomas.