Código del oeste

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—Ponga eso dentro del coche y venga aquí delante, conmigo —le indicó el muchacho observándole con creciente interés. Visto bien de cerca, el individuo le pareció a Cal la persona más raramente configurada que jamás había conocido. Era muy alto, extremadamente flaco, y tan suelto de coyunturas que se creería que iba a desmadejarse, cayéndose a pedazos. Los brazos eran tan largos, que resultaban grotescos, como los de un gorila, y las manos tenían un tamaño prodigioso. Ostentaba lo que Cal denominaba «cuello de pollo» (por su desmesurada largura), y la cabeza, comparada con el resto del cuerpo, parecía pequeña. La cara mostraba unas facciones ordinarias, pero no antipáticas. En conjunto, su figura era ridícula y patética.

—Ya no podía más… y, por añadidura, ando perdido —dijo. Las pecas se destacaban prominentemente en su piel color de cera. Tan largo era y tenía los pies tan enormes, que Cal pensó que no podría acomodarse en el asiento frontero; pero se dobló de tal forma, que consiguió sentarse, lanzando un suspiro de consuelo.

—¿Perdido? ¿A qué lugar se dirigía? —inquirió Cal poniendo de nuevo en marcha el automóvil.



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