Código del oeste

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Cal buscó a tientas el respaldo de la pesada mecedora de confección casera, para apoyarse. Respiraba con dificultad, casi jadeando, y le asomaba por los hinchados labios una espuma sanguinolenta. Al verle tan maltrecho, Georgiana se sintió apenadísima y tan llena de horror ante las pruebas de adónde habían conducido su vanidad y su egoísmo, que el corazón se le encogió de angustia. No podía evitar el mirarle. Esto debía ser parte de su castigo. Algo tremendo comenzaba a insinuarse vagamente en su conciencia. Aquel hombre debía su espantoso estado actual a la tortura moral que manifiestamente estaba padeciendo, a la defensa del buen nombre de ella. Por ella se había batido…, por ella se hallaba así…, por ella… ¡que no le había dado absolutamente nada!

Cal. No hay que enojarse con Wess —dijo con acento implorativo y conciliador—. Yo necesitaba conocer la verdad.

—¡Ajú! ¿Y qué te ha dicho?

—Todo lo que sabía… Que todo el mundo había oído cómo me difama Hatfield, antes de que te enteraras tú.

—¡Oh…! ¡Conque todo el mundo lo sabía… antes que yo! —murmuró Cal como si hablara consigo mismo—. Eso me coge de nuevas.

—Mira, Cal —intervino Wess—, hay que conformarse con lo que no tiene remedio.


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