Código del oeste

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Georgiana sintió un repentino e irresistible impulso de acercarse a su esposo. Deseaba asirse a él por piedad, por dolor, por necesidad de desahogarse, de expresar sus sentimientos; pero, aunque se le aproximó, no se animó a tocarle.

—¡Hatfield miente! —profirió con despectivo arrebato.

—Georgie, ahí está el mal —respondió Cal (respuesta que hubiera estado llena de dignidad a no estorbarlo su demudada voz y su lamentable aspecto).

—Ha mentido desde el principio. Se ha jactado de sus amoríos contigo. Desde entonces le tuve por un embustero fanfarrón, capaz de…

—Pero, Cal…, eso no era mentira —interrumpió Georgiana, impetuosamente—. Amoríos tuvimos…, jugando a choosies, como yo le dije que le llamábamos a eso allá en el Este: cogerse de las manos, acariciarse, decirse palabras dulces y besarse. Lo hicimos en tres ocasiones… Pero de ahí no pasamos, en absoluto. Y para mí significaba tan poco que en seguida lo di al olvido.


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