Código del oeste

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—¿En la armada? Eso es cosa de marineros, ¿no? ¿Y cruzó al otro lado?

—¡Ya lo creo! Pasé las negras en Cháteau-Thierry, y ahora, en mi propio país, no consigo trabajo —respondió con amargura.

—Mire, amigo, todo hombre honrado puede trabajar en el Tonto —replicó Cal con cierta brusquedad. Su compañero no dio respuesta a esto, y la conversación, tan interesantemente iniciada, languideció. Casi presumió que su observación había molestado al sujeto aquel, y ambos guardaron silencio. Entre tanto el coche rodaba por el largo camino a cuyo extremo se hallaba el pueblo de Ryson.

Los ranchos cedieron el puesto a las cabañas, muy distantes entre sí, y luego apareció la fila de casas de frente cuadrado, viejas y destartaladas, construidas de piedra y tablas, que constituían Ryson. La única calle era tan ancha como una plaza pública.

A lo largo del cuarto de milla de la sección comercial, podían verse varias cabezas de ganado vacuno, dos caballos, un burro y algunos perros, pero ninguna persona. Un par de automóviles desvencijados marcaba el sitio del garaje, el cual, evidentemente, había sido antes una herrería. El poblado parecía envuelto en al cálida y soñolienta atmósfera veraniega.


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