Código del oeste
Código del oeste Cal detuvo el «Ford» a la puerta del garaje, no sin algo de complacencia por el asombro que su llegada causarÃa. La última vez que partió de allà mismo con aquel mismo auto, uno de los mecánicos habÃa manifestado muy seriamente:
—Es más que seguro que nunca volveremos a ver este armatoste.
—Oiga: ¿quiere comer conmigo? —interrogó el muchacho a su silencioso acompañante.
—¿Quién, yo? ¡Amigo, qué pregunta! —repuso el exmarinero—. ¿Por dónde se va? ¡Es usted una maravilla!
—Tengo el mayor gusto en invitarle —manifestó Cal—. Pero aún es temprano. Aquello es el hotel… esa casa gris, con el porche tan ancho. Aguárdeme allÃ.
—Me encontrará anclado por babor y estribor y espero que el toque para las tajadas no tarde mucho en sonar —respondió el flaco cogiendo su voluminoso lÃo y partiendo en la dirección indicada.
El personal del garaje miraba a los dos recién llegados con ojos de asombro.
—Cal, ¿quién es ése que ha venido con usted? —preguntó uno.
—¿De dónde lo ha sacado?, —quiso saber otro.
—Es un espantapájaros puesto sobre dos pértigas —comentó un tercero.
Cal, riendo, les explicó: