Código del oeste

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—¡Oh! Es un infeliz que he recogido por el camino.

—¿Fue él quién manipuló este maravilloso artefacto? —inquirió el primero de los mecánicos, señalando humorísticamente el «Ford» de los Thurman.

—No, señor —replicó Cal—. Sepa usted que he manejado yo solo el auto.

—¿Auto, dice? ¡Quiá, esto no es un auto, hombre! Es una mala carreta, con una cafetera por motor.

—¡Ajú! Bueno, sea lo que quiera, déjenlo en paz, y no se les ocurra tocarlo para nada con sus endiabladas herramientas.

Dejando el coche allí, Cal fue al cobertizo donde estaba instalada la tienda más importante, junto con la oficina de correos, y se entregó a la concienzuda y difícil tarea de elegir y comprar los numerosos artículos enumerados por las mujeres de la familia. En su ansiedad por cumplir bien su cometido, olvidó por completo la cita que tenía pendiente con su hambriento convidado. Con toda lentitud completó la lista de encargos lo mejor que pudo y supo, y luego, cargado de paquetes, se trasladó al garaje, para depositar la preciosa carga sobre el asiento posterior del coche. Al ejecutar esta maniobra se acordé de la pasajera y murmuró:

—Sin duda, traerá consigo una buena cantidad de equipaje y acondicionó los paquetes de modo que quedara bastante sitio disponible.


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