Código del oeste

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En seguida se dirigió al hotel, en cuyo porche estaba aguardándole el cadavérico individuo, con mirada de hambre.

—Oiga, siento haberme retrasado, pero tenía mucho que hacer —se disculpó el muchacho—. Vamos adentro, y pongamos manos a la obra.

En el curso de la media hora siguiente, Cal pudo apreciar que una acción generosa, aun ejecutada sin la menor premeditación, puede tener singular efecto, no sólo sobre e} que la recibe, sino también sobre el que la hace.

Naturalmente, siendo vaquero en aquellos vastos campos, muchas veces había estado tan hambrienta como un lobo, pero jamás había visto a nadie medio muerto de hambre. ¡Qué gran bien debió de ser para aquel pobre sujeto la copiosa comida que estaba devorando! Cal se sintió picado por la curiosidad, y así, terminada la comilona, dijo:

—Yo me llamo Cal Thurman. ¿Y usted?

—Tuck Merry[1] —fue la respuesta.

—Oiga, ¿sabe que es un nombre bastante extraño? ¡Merry! No le cuadra, amigo. Y en cuanto a Tuck nunca lo he oído antes.

—Es un apodo. Casi me he olvidado de que mi verdadero nombre es Tadeo.

—¡Hum! ¿Y cómo diablos adquirió ese mote de Tuck?


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