Código del oeste
Código del oeste —¿Antes de qué? —le interrumpió al notar que titubeaba—. ¿Antes de nuestro casamiento? ¿Te hubiera hecho eso cambiar de propósito?
—Nada del mundo me hubiera hecho desistir de casarme contigo…, ni aunque fuese verdad lo que dice Bid Hatfield.
—¡Cal! —exclamó Georgiana retrocediendo como espantada.
—No me arrepiento de nada. Lo que iba a decir es que ha sido lástima que no me lo confesaras antes de que ya fuera demasiado tarde.
Esta vez no le preguntó qué querÃa decir. Lo sabÃa. Y de repente, enmudeció. HabÃa echado sobre el infeliz mozo algo peor que la inmerecida ignominia. ¡Cuán amargamente lo lamentaba! Pero para ella también era ya «demasiado tarde».
—Cal —terció entonces Wess volviendo de la ventana adonde se habÃa retirado discretamente—, en mi opinión, se han explicado ambos cuanto tenÃan que explicarse. Yo estaba presente y tengo oÃdos. Ahora, vamos: voy a llevarte de nuevo a la cama.
En seguida condujo hacia la puerta a su primo, quien a duras penas podÃa sostenerse sobre las vacilantes piernas. Antes de abandonar la estancia, volvió Wess la cara en dirección a la muchacha, para decirle: