Código del oeste

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—¡Vamos, hombre, no seas tonto! —gritó de repente, con voz airada y penetrante. Esta vez le plantó las manos sobre los encorvados hombros y lo sacudió un poco—. Yo entiendo bastante de esas cosas. Tú no… Infinidad de hombres me han besado. Aquí mismo, en el Tonto, me besaste tú sin que fuéramos novios ni mucho menos… Primero, tú; después, Hatfield y Tim Matthews… y Arizona (sí, hasta el feo Arizona…) y, más tarde, Hatfield de nuevo. Pero yo me dejaba besar y acariciar sin ninguna mala intención. ¿Qué es un beso, al fin y al cabo? ¿Qué es una simple caricia? Al menos, donde yo me he criado, no es un crimen mayor que el comer bombones. Y, bueno, sea lo que fuere, lo hice, y hecho está. A todos os dejé besarme. Lo lamento. Pero no me avergüenzo. Puedo haber sido tonta, vana, coqueta…, andaría equivocada; pero mala, realmente mala, no lo he sido… Considera, Cal…, no tienes por qué perderme la estimación.

Alzó Cal la ensangrentada y magullada cabeza y, tocando con su ardorosa diestra una mano de la joven, le dijo roncamente:

—Georgie, eso me hiere infernalmente, pero celebro que tengas suficiente valor para decírmelo.

—¿Me crees? —preguntó trémula.

—Sí. Y me parece que ahora te comprendo mejor. Es lástima que no me lo dijeras… antes…


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