Código del oeste

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—Para decirle cuatro verdades a ese Bid Hatfield —contestó la muchacha, y luego, animándole y excitándose mientras hablaba, le contó a Tuck cómo Hatfield trataba de deshonrarla manchando su reputación con asquerosas calumnias; que era un miserable embustero…; que, si no se ponía pronto remedio, Cal lo mataría, y, finalmente, que creía obligación suya el avergonzar al infame ante su propia chusma y hacerle retractarse de su vil conducta.

—¡Magnífico! Ya me hago cargo —repuso Tuck, lanzándole una rápida mirada de inteligencia mezclada de admiración—. Estoy con usted en cuerpo y alma. Le haremos pasar al amigo Hatfield un buen rato… Bueno, Georgie, atraviese el arroyo y siga adelante. La alcanzaré antes de que haya caminado media milla. He de telefonear a casa, desde la casilla del guardabosque, para avisar a Henry que hoy tengo que aserrar madera, pero no en el aserradero.

La joven obedeció en el acto, complacidísima, y agradecida a Tuck por su inmediato auxilio. Tomó el estrecho y tortuoso sendero, pasó el claro y se metió en una cañada, donde el Tonto abandonaba los pinares para dirigirse a las colinas cubiertas de maleza. Fiel a su palabra, Tuck la alcanzó en breve, y, con un regocijado chiste, cogió la delantera para ir más de prisa.


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