Código del oeste
Código del oeste Tuck guiaba siempre, hasta que alcanzaron una planicie de suficiente extensión para un rancho. Allí estaba Bar XX, ocupando una situación tan pintoresca como la de Green Valley. La senda llevaba hasta un camino ancho, y éste bordeaba extensos campos —en los cuales se veían multitud de tallos secos, de maíz y sorgo—, siguiendo luego hasta una bonita obra, entre dos colinas. En este sitio estaban los corrales, construidos con troncos, y las bajas y rústicas habitaciones de madera. Por la amarilla chimenea de la cabaña principal salía una sinuosa columna de humo azulado. Uno de los corrales estaba lleno de polvorientos y coceadores caballos. Afuera había muchas sillas de montar esparcidas por el suelo. Los vaqueros estaban de regreso para la comida del mediodía.
—Hay alguien a la puerta, Georgie —dijo Tuck—. Ya hemos llegado. A usted le toca hablar. No pierda el ánimo.
Georgiana le contestó con una carcajada, prueba elocuente de que ánimo era lo que le sobraba. Si Cal había soportado que le maltrataran cruelmente, hasta hacerle perder el conocimiento, en defensa de la reputación de ella, ¿qué no haría ella para librarle a él de la locura de cometer una muerte?