Código del oeste

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—En seguida…, y me parece que también le hablaré yo —dijo Saunders, enérgicamente. Dióse vuelta y avanzó hacia la cabaña. Iba con aire muy preocupado. De pronto gritó:

—¡Eh, Bid Hatfield, lo llaman acá afuera!

—¿Quién me llama?, —averiguó una voz malhumorada, desde el interior.

—Bueno, entre otros, yo —voceó Saunders, en tono perentorio—. A ver si sale inmediatamente.

Entonces apareció en la puerta el corpulento Hatfield, con paso un tanto reacio, el mismo buen mozo, de ojos inyectados de sangre, a quien Georgiana conocía tan bien. Pero, al verla, se le tornó lívida la faz. Se paró en seco.

—Hatfield —le dijo Saunders, con sequedad—, esta señora es la esposa de Cal Thurman y le acusa a usted de algo endiabladamente serio.

Los rostros que asomaban a espaldas del acusado pronto sacaron fuera todo el cuerpo, mostrándose a plena luz del sol. Media docena de intrigados vaqueros se agruparon junto a la cabaña.

A la vista de Hatfield, y al advertir la repentina palidez que le acometió, Georgiana experimentó tal acceso de furia, que estuvo un momento suspensa. Su enfurecimiento era mayor al pensar en Cal que en el agravio propio.


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