Código del oeste

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Cal apenas pudo balbucir su asombro, su gratitud, su inexpresable alegría.

—¡Anda, hombre! ¡Eso no es nada! —exclamó la muchacha—. Tengo una cosa mejor que comunicarte… Pero no aquí… ¿Qué te parece si nos fuésemos a tu observatorio, allá en la punta, donde, según me has dicho, acostumbrabas soñar cuando eras niño… en los maravillosos sucesos que deseabas que ocurrieran?… Allí te lo diré. Vamos.

Ella iba delante, casi corriendo, sin escucharle, en extremo gozosa, dejando oír frecuentes carcajadas. Entró en la faja de bosque, se deslizó por debajo de cedros y «piñones», atravesó la fragante vegetación que crecía por todos lados y, por último, alcanzó la meta que se había propuesto. Recostada contra el tronco del añoso enebro, esperó a Cal. Inmediatamente llegó él y nunca le había visto la joven con el semblante de entonces. La satisfacción reflejada en su rostro parecía haber transformado las manchas y decoloraciones que allí había tenido. Georgiana jugueteaba con su felicidad… prolongando traviesamente la dilación de la dicha que podía ocasionar.

—¿Sabes que te has casado con una mujer rica? —le preguntó jocosamente.

—Georgie, ¿te has vuelto loca o me he vuelto yo?, —fue la contestación.


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