Código del oeste

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—Mi vida, fui a exigirle explicaciones a Bid Hatfield —contestó Georgiana, repentinamente fuera de sí por las alegres nuevas que podía comunicar a su oyente—. Le puse como un trapo; le hice confesar que era un miserable embustero, un canalla… allí, delante del amo de Bar XX, de todo su equipo, y de Enoch también, con Lock, Serge, Boyd y los demás muchachos. ¡Oh, fue una escena inolvidable! ¡Maldito granuja!… Le obligué a quedar como un zapato. Y luego, ¡oh, oh, oh!, ¡eso sí que estuvo bueno!… Cal, ¡si hubieras visto a Tuck Merry hacerle papilla! ¡Pum!… «Toma ese jab a la nariz, Bid»… Y en seguida: ¡Zas! «Chúpate ésta a la quijada…». ¡Dale! «Esto se llama rompepanzas, tú…». ¡Tras! «¿Te gusta este apagalinternas, mostrenco…? ¡Zambomba!». «Por golpes así me apodaron Tuck, ¡porque con otro más te dejaré frío, animal!…». ¡Ay, Cal, jugó con Hatfield como le dio la gana, pero fue un juego espeluznante! Luego cambió de procedimiento. Se puso terrible…, igual que una fiera. Dijo que iba a hacer con Bid lo que éste hizo contigo… Yo no podía más… Chillé como una desesperada. ¡Santo Dios!… ¡Qué paliza! ¡Qué puñadas! ¡Cuántos trastazos! ¡Unos detrás de otros, sin parar, sin conmiseración, sin lástima: a la cabeza, al pecho, a todas partes del cuerpo! Era una carnicería, un horror. Pero yo estaba loca de contento y no hubiera detenido a Tuck, aunque supiera que le iba en ello la vida a Bid. Ninguno de los presentes intervenía tampoco. Bueno, para acabar: Tuck lo dejó por fin, pero ¡en qué estado! Aquello no era un hombre, sino menos que un guiñapo. Entonces Saunders habló. Él y Enoch se reconciliaron. Vinieron ambos a mí, juntos. Me dieron la mano… y, ¡asómbrate!, se mostraron amabilísimos conmigo. La pequeña Georgiana May lo había hecho… Ahora bien, ¿qué tienes tú que decir?


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