Código del oeste
Código del oeste —Hombre, si llevara usted revólver podrÃa haber peligro; pero yendo desarmado es diferente. Usted jugará con estos zopencos como le dé la gana. Lo sé igual que si lo estuviera viendo. Imagino perfectamente lo que va a pasar. Todos se burlarán de usted y Bloom y sus iguales hasta le insultarán. Entonces dÃgales: «Señor, ¿serÃa tan amable que se bajara del caballo?», y se bajará en el acto, como un tronco que cae al suelo. Después, añada: «Como ve, no llevo armas, y si es usted un caballero, y no tiene miedo, me hará el favor de echar a un lado la ferreterÃa». El resto, amigo Tuck, ya se supone, y será delicioso.
—Ni una palabra más. Chóquela, camarada —repuso Tuck ofreciendo su ciclópea zarpa. HabÃa en la cara del boxeador una profunda expresión de gravedad al aceptar el compromiso que se le proponÃa y oprimió los dedos de su compañero en un tremendo apretón. Cal saltó, se retorció, y se dejó caer sobre su asiento, con un sordo gruñido.