Código del oeste

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—¡Caracoles, amigo! ¡Suelte, suelte! —aulló, y luego, cuando tuvo libre la mano, fláccida y magullada, se la frotó y trató de mover los dedos—. ¡Qué manera de apretar, demonio! ¡A poco más me deja manco! —Y reía con ceñudo alborozo—. Tuck, usted me va a proporcionar muy buenos ratos de alegría. Vamos a ver. Vendrá conmigo a Green Valley. Tengo que esperar a una mujer, hermana de nuestra maestra, y llevarla a casa. Supongo que usted necesitará comprar algo, a menos que guarde su ropa dominguera en ese lío.

—En cuanto a ropa, no poseo sino la puesta —replicó Tuck haciendo una mueca—. En el lío sólo hay algunas mantas, y varias chucherías y un par de guantes de boxeo.

—¡Hum! ¿Entonces podrá enseñarme a boxear? —preguntó Cal con la mirada sombría y llena de fuego.

—Cal, en tres meses le pondré en condiciones de colocar a sus parientes en fila y tirarlos a todos patas arriba, uno después de otro.

—¡Anda! ¡Sería magnífico! —exclamó el mozo—. Pero suena demasiado bien para que sea cierto. Me conformo con poder aporrear a uno por semana. Aquí tiene algún dinero, Tuck. Compre lo que necesite. Y no descuide el andar por acá cuando lleguen esos de Green Valley. De seguro que traman algo.

—Compañero, no faltaré. Confíe en mí.


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