Código del oeste
Código del oeste Separáronse ambos y Cal fue a cumplir un encargo de su hermana, que se le había olvidado. Con ansiosos ojos escudriñó el largo, solitario y polvoriento camine que, en dirección al Este, conducía a Green Valley. ¡Ni señales de los muchachos todavía! No les deseaba ningún mal, pero se habría alegrado de que se les hubiese descompuesto el automóvil. Mas de sobra sabía que únicamente un peligro les impediría estar presentes cuando llegara el coche-correo. Ese pensamiento le hizo acelerar el cumplimiento de su comisión, para regresar en seguida a la tienda, desde donde habló por teléfono. Primero llamó a Roosevelt, para enterarse de que el coche iba adelantado, habiendo partido de allí hacía dos horas. Luego telefoneó a Packar, oficina postal y estación de aprovisionamiento de gasolina en la carretera de Globe. Le contestó Abe Hazelitt, un joven a quien conocía desde hacía años.
—Hola, Abe. Habla Cal… Cal Thurman. ¿Cómo estás?
—Hola, Cal —oyó la respuesta en la chillona y arrastrada enunciación de Abe—. Mira, hasta hace poco, estaba al pelo, pero en este momento no sé si ando a caballo o a pie.
—¿Qué te pasa, Abe?
—Cal, que me lleve el diablo si lo sé. El coche-correo acaba de llegar… y ha sucedido algo.