Código del oeste
Código del oeste Cal permaneció en el «Ford». Wess y sus compañeros llegaron, muy despacio, y se alinearon en el porche, tan serios y calmosos como diáconos que estuvieran oficiando. Varios habitantes de Ryson aparecieron en el camino, dirigiéndose a la oficina postal. Luego se presentó el gran ómnibus automóvil, doblando un recodo de la carretera, rugiendo estrepitosamente y dejando tras de sí una gran nube de polvo. Traía una considerable carga de sacos y cajones, apilados sobre la carrocería y atados a los costados. El conductor, que guiaba con desacostumbrada velocidad, se detuvo con una fuerte sacudida delante de los peldaños del porche. Cuando descendió rápidamente del pescante, Cal reconoció la cara y la figura de Jake, pero no sus movimientos habituales. Una extraordinaria energía e inusitada soltura caracterizaban a Jake en ese instante.
—¡Ya llegamos! —dijo alegremente, al abrir una de las portezuelas laterales. En seguida procedió a extraer del vehículo numerosas piezas de equipaje liviano— maletas y bolsos —de calidad y estilo pocas veces vistos en Ryson. Depositó tales objetos sobre los peldaños de acceso al establecimiento. Después ayudó a alguien a descender, hablándole en voz demasiado, baja para que pudiera Cal oír lo que decía.