Código del oeste

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La muchacha, a quien antes imaginó una niña, ahora le daba la cara, y ciertamente era una señorita. Tenía grandes ojos color violeta, que escudriñaban en torno, como buscando algo. El rostro era blanco, excepto en las mejillas, que ostentaban los rosados tintes del colorete hábilmente aplicado. Los labios lucían rojos como el carmín. Vestía un traje color de canela, muy elegante y excesivamente corto, pues apenas le llegaba a las rodillas. La estupefacta mirada de Cal pudo admirar un par de bien formadas piernas, esbeltísimas, cubiertas en parte con medias negras.

—Señor conductor, usted me dijo que alguien me esperaba aquí —dijo la joven con voz dulce, aunque bastante aguda.

—Seguro que así es, juzgando por las apariencias —rió Jake apartando la vista de sus manipulaciones con las bolsas del correo. Su bronceada faz se contrajo en una amable sonrisa al añadir—: Y si así no fuera, no tiene por qué inquietarse. Aguarde unos minutos hasta que acabe yo de transportar estos sacos.

La muchacha no parecía conturbada lo más mínimo, ni inquieta en modo alguno, sino algún tanto curiosa, e interesada en el desarrollo de la situación. Manifiestamente, esperaba que alguien del grupo se adelantara, y los fue mirando uno tras otro. Arizona empezó a derretirse bajo el influjo de aquella mirada, pero los demás permanecieron congelados.


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