Código del oeste

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Georgiana se había animado extraordinariamente con la excitación que le producía este nuevo aspecto del singular conflicto. Era notorio que le agradaba el aspecto y la personalidad de Hatfield. Antes de decidirse, envolvió a Cal en una fulgurante mirada.

El instante aquel fue de verdadera prueba para el mozo. De súbito, al sentirse bajo el influjo de los bellos ojos que le escudriñaban, le pareció que perdía el aplomo y que le abandonaba la seguridad que tenía de estar asistido por un incuestionable derecho. Iba vestido con descuido, y nunca encontró su ropa tan poco presentable como en aquel momento. ¡Qué humillante contraste debía ofrecer comparado con Hatfield, o con los otros muchachos, que lucían sus mejores galas! Cal notó que toda la sangre se le agolpaba en la cabeza.

—Señor Hatfield —dijo por fin Georgiana con estudiada dulzura—, si fuera cuestión de elegir, desde luego preferiría ir con usted; pero como mi hermana le ha mandado a él, no queda más remedio…

—Perdone —la interrumpió Cal bruscamente—. Por mi parte, me alegraré de verme libre de acompañarla. Pero le aconsejo que vaya con mi primo Wess. Porque si va con Hatfield no será bien recibida en Green Valley. Se lo digo en obsequio de su hermana Mary.

Y se marchó, dejando a la joven confundida y agraviada.


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