Código del oeste
Código del oeste Se había ido aproximando poco a poco, mientras hablaba, hasta que cuando acabó puso la diestra, en ademán de súplica, sobre el brazo de él. Alzó el rostro, que de repente se embelleció y dulcificó ante la admirada contemplación del mozo. Los hermosos ojos color violeta le cautivaron por su expresión pensativa, apenada, sincera, y, sin embargo, audaz. Y pareció que bajo el influjo de aquella mirada, fulminante, el muchacho caía en las apretadas redes del primer amor de su vida. Después de eso, nada se le presentó con claridad. La dulce faz flotaba ante él, nebulosa, como si estuviera viéndola en sueños. Habló, tratando de decirle que tendría mucho gusto en llevarla a casa… Y en seguida (proporcionándole el momento de mayor orgullo que jamás conociera) la joven se cogió de su brazo, marchando a su lado hacia la puerta, para atravesar el porche, erguida la linda cabeza, mirándole, y sin reparar para nada en ninguno de los asombrados circunstantes, deslizándose con perfecta serenidad y completo desdén junto a Wess y sus compinches, olvidando al cabizbajo Hatfield… Bajaron los escalones y se aproximaron al «Ford».
Allí recobró Cal algo de su perdida sangre fría. ¡Pero cómo temblaba interiormente! ¡Qué inmenso gozo le embargaba!