El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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IX

Slingerland pareció a Neale rejuvenecido. Ya no pesaba sobre él la terrible carga de la soledad y había roto sus hábitos de silencio. Neale adivino la causa, experimentando positivos celos.

—Es superior a mis entendederas —dijo el trampero cuando se hubieron alejado, paseando juntos—. Está cambiada, y en paz. Al principio, aunque su sortija de usted la reanimo, no se le notaba tanto. Ha sido paulatino y, de pronto, un día…, la cabaña pareció llenarse de sol… Desde entonces la he visto crecer y revivir por momentos, trabajando, acosándome a preguntas y siempre al atisbo de su llegada. Recuerdo que en una ocasión me dijo que vivía para usted. Quizás ahí éste el secreto y…, amigo, en mi opinión debe usted sentirse muy cerca del reino de los cielos.

Neale, ansioso de estar a solas con sus pensamientos, salió cuando caía ya el crepúsculo. Hacía una tarde bochornosa, llena de fragancia y ruidosa del canto de los grillos. Experimentaba una inexplicable premonición de catástrofe inminente. Algo muy grande empezaba a nacer en él, algo terrible y precioso. Le perturbaba su empeño de pensar en sí mismo cuando su mente parecía consagrada por entero a Allie.


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