El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Se presentaron sin hatos ni farderÃa. Extraño Neale que, al verlos, prorrumpiera Larry en imprecaciones, colocándose luego, asà como al desgaire, entre ellos y la puerta de la cabaña, donde estaba Allie, pintada la sorpresa en el bellÃsimo rostro. El tejano iba siempre armado y cierta mente no habÃa entre los hombres del Oeste quien no supiese apreciar su calidad. Los visitantes guardaron aparentemente las formas, pidiendo tabaco y no dieron señal alguna de malas intenciones.
—Esto está muy bien apartado —dijo uno.
—SÃ. Soy trampero —contesto Slingerland—. ¿De dónde venÃs?
—De Ogden. Hacia el Este.
—¿Mucha gente por los caminos?
—Bastante, para una comarca salvaje. Y todos yendo al Este. No hemos hallado equipo alguno que fuera al Oeste. ¿Habéis oÃdo rumores de un ferrocarril en construcción que arranca de Omaha?
Larry metió baza.
—¡Vaya! Y hemos tenido soldados acampados por aquÃ.
—¡Soldados! —exclamó uno de los desconocidos.
—Naturalmente; ¡son ellos quienes construyen el ferrocarril!