El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —¡Bah…! Eso son pamplinas —dijo—. ¿Qué mal pueden hacer unas cuantas mujerzuelas? Supongamos, lo que no es probable, que las haya en abundancia. ¿Cómo saldrÃan de los campamentos?
—Slingerland… en los trenes. Los trenes seguirán el tendido de la lÃnea.
—¡Oh! Y usted pretende que nacerán ciudades en una noche, ya pobladas de gente maleante que no trabajará por el ferrocarril, sino simplemente atraÃda por el olor de su dinero.
—Exacto. Y… escuche: teniendo todo eso presente… los millares de hombres… el oro… las mujeres… aquÃ… en un paÃs salvaje… sin leyes… sin corrección… sin más temor que el de la muerte… y… garitos… y tabernas… y lupanares, ¿qué ocurrirÃa?
El trampero medito unos instantes pasándose la mano por la barba y dijo:
—En todo caso, no hay dinero bastante para construir ese ferrocarril… y si no lo hubiera, serÃa imposible construirlo.
—¡Ah! —exclamó Neale—. Es ante todo cuestión de oro. De rÃos de oro. Entonces… ¡podrá hacerse!
Cierto dÃa, cuando se acercaba ya el fijado para la partida de Neale, la plácida quietud del valle de Slingerland se vio perturbada por la llegada de cuatro hombres de tosca apariencia.