El Caballo de hierro
El Caballo de hierro En sus charlas con Slingerland y Larry, el joven topó grafo habÃa conjeturado lo que serÃa la vida en los campamentos de construcción.
Para Larry, lo que pudiese ocurrir carecÃa de importancia. VivÃa en el presente. Pero Neale era distinto. TenÃa, por temperamento, que anticipar eventos; vivÃa en el porvenir; su mente estaba centrada en trabajos futuros, en su consecución y en lo que para alcanzar su fin tendrÃa que pasar. Slingerland era un apreciativo oyente.
—Bueno —solÃa decir—, a pesar de todo, no puedo creer cuanto ese general Lodge dice que ha de ocurrir.
—Pero ¡ciudadano! ¿Llega usted a imaginarse lo que será? —insistÃa Neale—. Ponga millares de soldados, maleados por la guerra… y millares de peones de todas clases, negros, mejicanos, irlandeses, chinos coletudos. Ponga millares de hombres que anhelan ganar honradamente un dólar traficando, siguiendo la lÃnea, y millares más que anhelan ganar dólares también sin la cortapisa de la honradez; todos los tahúres, ladrones, asesinos, aventureros de los Estados Unidos y tal vez de afuera, se congregarán aquÃ. Y piense en el dinero, en los millones que correrán por esta selvatiquez… y por último… y lo peor… ¡en las malas mujeres…!
Slingerland no oculto su asombro ante los cuadros que Neale conjuraba, especialmente el último.