El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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El espectáculo que se ofreció a sus miradas le hizo soltar cuanto llevaba, atónito. Una densa columna de humo se alzaba del valle. Lo primero que acudió a su pensamiento fueron los sioux. Pero dudaba de que los indios traicionasen su amistad. Si el incendio de la cabaña no era debido a algún accidente fortuito, una cuadrilla de forajidos errabundos le había sumido en la ruina. Echó a correr rampa abajo hacia el grupo de pinos y a cubierto, cautelosamente se acercó al emplazamiento de su vivienda.

Era ya un montón de troncos humeantes que llevaban horas ardiendo. No había señal alguna de Allie ni de nadie. Corriendo fue al horcajo; casi al punto vio huellas de botas y de cascos de caballos y pieles y cueros desparramados por el suelo, como si hubiesen hecho una selección de lo mejor.

—¡Ladrones! —murmuró Slingerland—. ¡Y se han llevado a la muchacha!

Se tambaleó bajo el golpe más rudo que recibiera en su vida. Su conciencia le acusaba, implacable. Su congoja por Allie érale tan poco familiar, tan aguda, que no obstante su inveterado hábito de reaccionar decidiendo y obrando sobre la marcha ante cualquier evento, permaneció inmóvil, clavados los ojos en las ruinas de su hogar.


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