El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Prestamente despertó. No abrigaba esperanzas. Conocía la naturaleza de los autores, de aquella perpetración. Pero aún era posible darles alcance. En el polvo encontró huellas de cuatro tamaños distintos de botas y tomó el camino abajeño[13] del valle.
Se dio pronto cuenta de que amenazaba tempestad y de que el aire se hacía frío y cortante. Comenzó a llover y el crepúsculo cayó prematuramente. Slingerland buscó el cobijo de un saliente y allí, famélico, aterido, calado hasta los huesos y, sobre todo, desesperado, aguardó un sueño que se negó a sus párpados.