El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Pero… estaba seguro de que Neale había corrido la misma suerte que tantos de los muchos que pretendían afrontar aquellos cerros. Slingerland vio en el conjunto sino de Allie y de Neale una resultante del avance de la civilización por el Oeste. Y si hasta entonces la idea de que un ferrocarril penetrase en sus salvajes dominios le fue desagradable, ahora la odiaba. Antes de la llegada de los ingenieros, los indios vivían en paz y no había cuadrillas de rufianes por los caminos. ¿Qué derecho tenía el Gobierno para expoliar a los indios de sus territorios, para infringir convenios, para tender vías férreas por las llanuras y montañas? Durante la ejecución de la obra, Slingerland preveía la llegada del más sanguinario período jamás conocido en el Oeste. Aquel avance blanco en los cerros de Wyoming le había herido hondamente, aunque no era tan sólo la perdida de todas sus posesiones lo que le conmovía. Largos años de vida solitaria habíanse visto súbitamente transformados: todo había cambiado para él, y en lo sucesivo no podría ser ni una cosa ni otra.
Slingerland volvió la espalda al camino trazado por las avanzadas de los constructores de Imperios, buscando la hospitalidad de los más inaccesibles cerros.
—Algún día bajare con un cargamento de pieles —soliloquió— y tal vez entonces sepa que ha sido de Neale… y de ella.