El Caballo de hierro
El Caballo de hierro El amor había hecho un milagro en Allie, liberándola de un horrible recuerdo. Al hallarse sola, después de la tragedia, anhelo la muerte como más eficaz modo de olvidar aquellos alaridos, aquellos horrendos gritos de dolor… y los crímenes… la sangre… el terror y la angustia de aquella noche. No tenía nada por lo cual vivir. Al pronto llego a odiar a los dos hombres compasivos y buenas que con tanto ahínco querían hacerle olvidar. Luego, súbitamente, sin que nunca pudiera recordar con exactitud el momento, vio a Neale con diferentes ojos. Algunas palabras, el contacto de su mano, un don y una prenda… habían transformado la vida para Allie Lee. Como una flor que se abriese durante la noche, su corazón habíase abierto al amor, dispersando todas las acerbidades, todas las negruras de su pecho. Tan grande fue el descargo del dolor y de la pena, que su amor se convirtió en pasión, única avasalladora, dominándolo todo. Libertada ya y extrañamente dichosa, se apego a cuanto la rodeaba tan naturalmente como si hubiese nacido en aquel medio, desarrollándose como una flor silvestre. Aquel otoño, Neale volvió a ella en ocasión precisa para hacer admirable realidad sus ensueños. Y al marcharse él, encontró en ellos la facultad de seguir siendo feliz. Por él había de ser perfecta en alegría, en fidelidad, en amor. Y su infortunio habíale hecho descubrirse una entereza moral y una voluntad indomables. Vivía para Neale.