El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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El jinete delantero había refrenado su caballo cerca de ella. Era un joven de gigantesca estatura, cargado de hombros, rubicundo de facciones, con ojos audaces y mal vados labios. Le recordaba a Allie a alguien a quien debió de conocer en California. Él la miró fijamente.

—¡Hola! ¿Eres tú la chica de Durade? —preguntó con brusca sorpresa.

Allie recordó entonces haberle visto en las minas de oro.

—No, yo no soy —replicó.

—¡Uh! Pues… te le pareces extraordinariamente… ¿Hay alguien más por acá?

—Slingerland fue al otro lado del cerro —dijo Allie—. Llegará de un momento a otro.

El sujeto la apartó, entrando en la cabaña a tiempo que llegaban los otros tres.

—¡Buenos días, miss! —dijo uno, un canoso veterano que igual podía ser un minero que trampero o bandido. Los otros dos llegaron detrás de él. Uno llevaba un sombrero de fieltro negro, cuyas amplias alas acentuaba la siniestra y sombría expresión del cetrino rostro. El último del terceto tenía el cabello pajizo y pupilas claras e inquietas.

—¿Dónde está Fresno? —preguntó.


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