El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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—Aquí estoy —contestó el llamado Fresno apareciendo en el umbral. Alargando un brazo cogió a Allie antes de que ella pudiese evitarlo. Cuando empezó a debatirse, la mano ciñó su muñeca con fuerza tal que habría gritado de dolor.

—¡Cuidado, muchacha! No te servirá de nada ser arisca y si chillas te estrangulo —dijo—. Vosotros, entrad en la cabaña y registradla pronto.

De un tirón se llevó a Allie a donde estaba su caballo y, cogiendo de la silla un adujado lazo, le amarró los brazos a los lados, atándola luego al árbol más próximo.

—Cierra el pico si no quieres pasarlo peor —conminó yendo hacia la vivienda.

Los temores de Slingerland veíanse por fin confirmados. Eran mala gente. Allie no apreció en toda su extensión su desgracia hasta hallarse atada al árbol. Entonces se encolerizó, esforzándose por desasirse. Pero sus esfuerzos fueron inútiles; no consiguió sino lastimarse los brazos en vano. Cuando desistió, la desesperación se apoderó de ella, hasta que por su mente cruzó la idea de Neale y de la horrible agonía del joven si llegaba a perderla o saber que le había acaecido algún daño. Su amor logró vencer el natural e instintivo miedo femenil.


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