El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Oyó a los ladrones, revolviendo y saqueando la cabaña. Arrojaban las balas de pieles afuera. Después salió Fresno llevando un saquito en el que Slingerland guardaba su dinero y sus escasas pertenencias de valor, seguido por los otros, que se disputaban una garrafa que en otros tiempos contuvo whisky.
—¡Ni una gota! —gruñó el que la llevaba. Y enfurecido, la tiró violentamente dentro, oyéndose el ruido de vidrio roto contra la chimenea.
—¡Sandy! Has desparramado la lumbre —protestó el canoso bandido mirando a la vivienda—. ¡Arderán las pieles!
—¡Qué ardan! —gritó Fresno—. Ya tenemos cuanto queríamos. ¡Andando!
—Pero… ¿qué sentido tiene incendiarle la cabaña a ese sujeto…?
—No arderá —dijo el cetrino—. Y si arde… lo pagarán los indios. ¿Entiendes, Old Miles?
Salieron juntos. Evidentemente, Fresno era su cabecilla o cuando menos la voluntad más fuerte. Miró el saquillo que llevaba entre manos y luego a Allie.
—¡Vosotros, disputaos eso! —dijo tirando el saco a los pies de los otros, yendo hacia la joven.
Los tres se abalanzaron sobre la presa y Sandy se hizo con ella. Los otros dos le rodearon no amenazadoramente, pero agresivos, seguros de sus derechos.