El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —¡Nos lo repartiremos! —concedió Sandy montando a caballo—. Esperad a que acampemos. Cargad vosotros los castores.
Fresno desató a Allie del árbol, dejando el lazo alrededor de sus brazos y arrastrándola con él rudamente hasta su caballo.
—Monta y… aprisa —ordenó.
Allie montó. Los estribos eran demasiado largos.
—¡Hep! Despabilaos y atrapadme uno de los jacos que vimos por el arroyo —gritó Fresno a los otros.
Mientras ajustaba los estribos, Allie le miró. Era un tosco rufián cuyo mero contacto le causaba insoportable repugnancia. No llevaba armas encima, pero en las pis toleras de la silla velase un revólver y la larga funda de un Winchester. De haber tenido valor suficiente, Allie habrÃa podido pegarle un tiro y escapar, aunque los otros no se perdieron de vista mientras Fresno acortaba los estribos. Llevando el caballo de la brida fue hacia ellos. Allie miró atrás viendo una espiral de humo que empezaba a salir por la puerta de la cabaña. Desesperada, decidió correr cualquier albur que ofreciese probabilidades de evasión, cierta de que entre aquellos hombres no estarÃa segura mucho tiempo. Lo que fuese tendrÃa que hacerlo aquel mismo dÃa; era pues, cuestión de esperar la oportunidad.