El Caballo de hierro
El Caballo de hierro En el vado, Sandy laceó uno de los caballos de Slingerland, un mustang favorito de Alije y que montaba con frecuencia. Era raudo como el viento. Una vez sobre él podría distanciar a cualquiera de los que los forajidos llevaban. Fresno puso el extremo del lazo al cuello del mustang como ronzal.
—¿Sabes montar a pelo? —preguntó a Allie.
La muchacha mintió. Su primera idea había sido despistarlos sobre su destreza a caballo, pero simultánea mente se le ocurrió que si Fresno le daba su silla, quita tendría ocasión propicia para usar el revólver.
Fresno montó de un salto el mustang, saliendo al punto despedido por las orejas. Los otros tres soltaron estrepitosas carcajadas.
Entre blasfemias, el sujeto volvió a intentarlo. El animal se comportó más dócilmente, aunque evidenciando no gustarle el peso de su carga. El bandido echó a andar sin soltar su propio caballo, a un paso que demostraba su deseo de poner cuanta tierra fuese posible de por medio.
Allie oyó a los otros probablemente querellándose por el oro que tantos años había tardado Slingerland en acumular.