El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Llegaron al punto donde el valle abría en otro por el que serpenteaba el antiguo «camino de St. Vrain y Laramie». Lo siguieron algunas millas hacia el Este, enfilando luego un valle transversal en el que, a cierta distancia ribereña, alzábase su campamento. No habían tenido, por lo visto, la precaución de ocultar hatos ni mulas y, juzgando por las trazas, Allie dedujo que no recelaban de los indios. Lo probable era que procediesen de California y que, obligados por su criminal condición a rehuir cara vanas y campamentos, no tuvieran aún acabado conocimiento de los riesgos inherentes a aquella región.
Cuando llegaron al campo era mediodía. Habíase oscurecido el sol y amenazaba tormenta. Fresno desmontó, soltando el ronzal del mustang y su propia brida. Las pupilas que clavó en Allie le hicieron apartar a ésta las suyas como de algo ofensivo y contaminador. Rudamente, con gran alarde de innecesaria violencia, la obligó a apearse.
Allie le rechazó dándole un empellón y afrontándole. Aunque hasta cierto punto había llevado una resguardada vida, sus experiencias previas de individuos como aquél le decían que tan inútil sería la resistencia como la impetración[14]. Sólo conseguiría exacerbarle y no estaba aún dispuesta a ponerse en peligro de muerte.
—Espere usted —dijo.