El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —No necesito colgantes —dijo.
—¡Claro que no, encanto! —replico el rufianesco Frank—. Ese Fresno es de lo más ordinario con las damas. En cambio, yo… soy más lino que un guante. Ven, déjame vaciar el saquillo en tu regazo.
—Opino que no —replicó Allie.
—¡Qué arisca eres…! Mirad qué ojos…, bueno, ¡bueno! No te enfurruñes conmigo…
Vació el contenido del saco en la arena, agachándose e inclinándose sobre él.
Lo que habÃa hecho, en realidad, refulgir las pupilas de Allie fue el reconocimiento de la oportunidad. No vaciló ni un instante. Primero busco el mustang con la vista; estaba cerca, con la reata arrastrando. Súbitamente la muchacha observo las amusgadas orejas y la erguida cabeza del animal… OÃa algo. Miro hacia el valle, percibiendo una hilera de indios siluetados contra el cielo. Se acercaban de prisa. Por un segundo se sintió desvanecer, mas se rehÃzo al punto. Su situación era terrible, casi desesperada, pero… era cuestión de vida o muerte y afronto las circunstancias con denuedo.
De un salto se apoderó del rifle, que sabÃa a ciencia cierta cargado. Frank oyó el chasquido del percutor.
—¿Qué estás haciendo? —exclamó ferozmente.
—¡Quieto! —conminó Allie yendo hacia atrás en busca del mustang—. ¡Mire a la ladera…, indios!