El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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XIV

Cuando Allie recobro el conocimiento, se hallo tendida en una carreta de toldo de lona, rodeada de mujeres, pero estaba cierta de no haberse equivocado. La carreta iba todo lo de prisa que los bueyes podían caminar. Evidentemente, las nuevas de la proximidad de los indios habían alarmado a la caravana, que aceleraba su progreso en consecuencia.

Allie no contesto a muchas preguntas. Bebió ávidamente, aunque estaba demasiado exhausta para comer.

—¿De quién es esta caravana? —Fue la única pregunta que hizo.

—De Durade —replico una de las mujeres. Y por el tono de su respuesta era evidente que le consideraba hombre de condición.

Yaciendo así, dejándose llevar del sueño y del cansancio, Allie pensó en la ironía del Destino, que le permitía escapar de las manos de los sioux para caer en las de Durade. Empero aún había esperanza. Durade se dirigía al Este. Allí… en alguna parte, se encontraría con Neale y… correría la sangre. Había considerado siempre a Durade de extraño modo, maravillándose de que, a pesar de su afectuosidad para ella, no pudiese amarle. Y ahora que comprendía, le odiaba, no obstante ser la criatura que más temía en el mundo.


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