El Caballo de hierro
El Caballo de hierro El día era un descanso, una bendición. Aunque recluida en el recinto de la carreta, Allie veía la vida del campamento de niveladores.
Había varios capataces: el aposentador, que cuidaba del sustento de los peones; el carretero, que tenía a su cargo los tiros y las yuntas; el nivelador, que capitaneaba a los zapadores y paleros. Y por último, el del campamento, que estaba al tanto del trabajo de todos.
Al clarear el día, una horda de hombres famélicos invadía los cobertizos, donde cocineros y criados se desvivían con loca precipitación por atender a los requerimientos de unos y de otros. Y con el crepúsculo reaparecía la misma horda, cansada y polvorienta, peleándose por los primeros asientos, mientras los menos afortunados esperaban turno.
En la llanura se diseminaban centenares de tiros, yendo y viniendo: los animales, doblados por el esfuerzo; sus conductores, vociferando. El sol caía de plano, el viento arremolinaba el polvo, los peones aceleraban en su labor bajo la implacable mirada del capataz, y se iba extendiendo hasta el Este el terraplén de tierra, arena y grava…, fundamento del primer ferrocarril transcontinental.