El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Aquella noche, atisbando por una rendija, vio a la luz de las fogatas y de las antorchas una muchedumbre atraída por el entoldado de Durade. Mejicanos, negros, irlandeses…, hombres de todas clases pasaban vociferando, blasfemando, despreocupados, descuidados, pendencieros y locuaces. No tardaron luego en llegar a sus oídos los olvidados pero pronto familiares sonidos de una sala de juego en plena actividad. El trepidante rodar de la bola de la ruleta, mezclado con el tintineo metálico del oro.
Tardo pocos días Allie en apreciar la retrogresión sufrida por Durade. Antes había sido jugador por amor al juego, caballero dentro de su vileza; ahora parecía dominado por una extraña y absorbente pasión, sin escrúpulos ni conciencia, de amasar oro y más oro. Allie lo adivino, lo oyó, lo vio. El sujeto estaba en la pendiente y era en consecuencia mucho más peligroso, perdidas sus antiguas formas por deficientes que fuesen.
Antes de transcurrida una semana, el garito estaba en su apogeo durante toda la noche. Allie dormía principal mente de día, procurando aislarse en lo posible de los ruidos y hacerse la sorda a los inevitables. Pero… tuvo que oír las airadas reyertas, los que se llevaban el cuerpo de algún jugador muerto, para arrojarlo a la zanja.