El Caballo de hierro
El Caballo de hierro A la mañana siguiente la despertó Durade. Cuando des ato las lonas, el sol estaba ya alto en el firmamento y todo era actividad a su alrededor. Durade le trajo el desayuno, dándole de paso instrucciones: en tanto que él estuviese cerca, podía salir y hacer lo que le pareciese para distraerse; pero durante sus ausencias por las noches, debería permanecer en la carreta con las lonas cerradas y sin recibir visita alguna. La guardaría Stitt, uno de sus hombres, sordomudo adicto a sus intereses y que tenía orden de recurrir, si preciso fuera, a la violencia caso de que ella desobedeciese. Aun sin el temor y la repugnancia que le causaba el disforme mudo, Allie no se habría sentido inclinada a la rebelión.
Aquel día, Durade hizo instalar tiendas, cobertizos, mesas y bancos y finalmente un entoldado mayor, al que llevo las mesas y los bancos. Fresno trabajaba de firme como todos, excepto Stitt, cuya única misión era vigilar la carreta de Allie.
El tiempo pasaba lentamente para ella. ¿Cuántos días tendría que estar así, sencillamente por no tener otra cosa que hacer? En su espíritu, empero, comenzaba a tomar cuerpo una idea, en principio vaga. Tarde o temprano comparecería Neale en carne y hueso, como comparecía ahora en sus sueños.