El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Ocasionalmente, aquellos sanguinarios salvajes atacaban sin previo aviso y en un silencio de muerte; otras veces lo hacían clamoreando, lanzando sus escalofriantes alaridos bélicos, de una estridencia capaz de helar la sangre en las venas del más esforzado. Acaso reservaban este segundo y más incauto modo para cuando estaban seguros de su presa.
Comprendiéndolo así, Horn acepto sin rechistar su sino. Agrupo en torno suyo a los fugitivos, y eligiendo el lugar mejor atrincherado, entre las rocas y los carros, situó en su centro a las mujeres.
—Si ha llegado el momento de afrontar lo inevitable… Luchemos con denuedo. Quizá consigamos aguantar hasta que llegue la tropa.