El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Aun asÃ… no se apoderará jamás de ti… Le mataré… si es preciso, antes de que logre su intento…
—Sea como sea, nunca se atreverÃa a inferirme daño alguno a mi —murmuró Allie.
—¡Criatura! HarÃa contigo lo mismo que hizo de mi. Ya hubo ocasión en que se atrevió a pedirme que te dejara con él. QuerÃa educarte…, adiestrarte, diciendo que prometÃas ser una beldad.
—¡Madre! ¿Era eso lo que querÃa decir entonces? —dijo Allie.
—OlvÃdale, hija mÃa… No le pido a Dios sino que me permita llevarte sin tropiezo a casa de Allison Lee. A casa del padre que jamás conociste.
Una Horn antes del amanecer se hizo más intensa la oscuridad. Un absoluto silencio parecÃa aprisionado entre los cerros de ébano. No turbaba grito ni aullido alguno la quietud. Las estrellas comenzaron a palidecer; el lóbrego Este cambio, albeando. Se acercaba la aurora. Una opaca tonalidad oscura y grisácea pareció envolver el mundo; todo fue transformándose, excepto aquel opresivo y vasto silencio.
Aquel silencio, que de repente rasgo el discordante y horrible alarido de guerra de los sioux.